lunes, 31 de julio de 2017

Fuego


De niño lo observaba. Veía la leña quemándose en la chimenea, el humo yéndose despacio hacia arriba. Me quedaba un buen rato mirando el fuego, tal vez horas. No había tantas distracciones. Las computadoras todavía eran casi ciencia ficción, la televisión tenía dos canales que no siempre se veían, tampoco había mucha gente viviendo alrededor. Y el fuego siempre estaba ahí, todo el invierno. Compañero de mentes más libres, fiel ayudante en el ejercicio de pensar en nada. Hoy me di cuenta que lo extraño.
Cada vez con más frecuencia nos ponemos a interactuar con personas que se alejan del viento, del agua, de la tierra y del fuego. No sé de qué me asombro, si ya me estoy convirtiendo en uno de ellos. Soldados del vacío, predicadores del ruido. No.
Fuego, lo necesito. Fuego, purificador y redentor. Fuego, donde depositar mis cansados ojos. Fuego, real; me ayudará a apagar el fuego en el cerebro...

domingo, 30 de julio de 2017

Noche


La noche me secuestró. Encerrado entre cuatro paredes, atrapado en mi propia película sin estrenar. Un piano suena de fondo. Luego un eco, un susurro. La pantalla se duerme. Nada es igual, pero todo es como siempre.
La noche tranquiliza. La noche es un baile que convoca a espíritus lejanos. La noche une a los que tienen que unirse. La noche atrae viejos fantasmas. Nadie tiene suerte en la noche; solamente son voluntades débiles, espíritus errantes, encontrando su lugar. La noche es peligro y libertad, o viceversa. No pueden existir el uno sin la otra.
Y aquí, en el hall de la madrugada, en la puerta de ese gran salón que son las tinieblas invernales, preparo mi copa y brindo por la noche. Ella, con su sabiduría y discreción, entenderá mis motivos. Salud.

domingo, 23 de julio de 2017

Un viento helado soplando en San Nicolás


Finalmente a las 14:45 del sábado 15 de julio, dejo atrás la lluviosa y cada vez más fría ciudad de Rosario, subiéndome a un colectivo interurbano con rumbo a San Nicolás de los Arroyos, ciudad que cada vez que la visito me genera sensaciones especiales, gratificantes, que me hacen dan ganas de volver y seguir descubriéndola. Allá voy, con el ánimo un poco cachuzo, pero con la certeza de que ese malestar interno se esfumará una vez que llegue a destino.
A las 16:20 piso la terminal de ómnibus, sita en la Avenida Morteo 55; desde ese punto, me dispongo a caminar hacia la zona comercial del centro, más cercana al río.


Mientras apuro el paso para poner en calor el cuerpo y resguardarme del frío que hace sentir su presencia gravitante, observo las sendas y las edificaciones que acompañan mis pasos. El heroico empedrado de algunas calles; casas y establecimientos añejos, algunos con aire colonial, otros señoriales de principios del siglo XX y, por otro lado, la modernidad, que para nada desentona. Hay un estilo, hay un espíritu, es como si todas las épocas conversaran en cada cuadra, en cada esquina, se reconocieran y finalmente se saludaran con un apretón de manos. San Nicolás es tango y es rock, es bohemia y deporte, es ballet y arrabal, pero nunca como opuestos, sino como un perfecto ying y yang urbano junto al río Paraná; San Nicolás es un rufián seduciendo a una dama distinguida, San Nicolás es noche y día, las 24 hs. Sigo caminando y me siento cada vez mejor.


Me topo con la Avenida Moreno, pero en lugar de cruzarla me tiento y me desvío para recorrerla unas pocas cuadras. Tiene algo que me atrae. Un rato después, vuelvo sobre mis pasos y retomo mi camino, oscilando principalmente entre las calles Bartolomé Mitre, De La Nación y Pellegrini. Me gusta ver la vida que tiene San Nicolás un sábado por la tarde, mucho movimiento y gente en la calle a pesar del frío. Me gusta ir por las calles que están cerca del río. Allí el viento es implacable. Recorro la pintoresca Plaza Mitre. A su alrededor se encuentran la catedral, el imponente Club Social, el Nuevo Hotel Belgrano, algunos restaurantes y restobares y un alto edificio que me llama la atención y completa la postal urbana.


Tras una buena caminata, sintiendo los rigores del helado viento que a la vez me revitaliza, sé que ha llegado la hora de merendar y recuperar energías. Son las 17:25 y el Jazz Bar parece ser el lugar apropiado. Un típico bar de esquina, agradable; mientras en la tv pasan boxeo, un saludable café con leche con medialunas se convierten en mi tesoro más preciado.
Luego de mi estancia en el bar, decido caminar un buen rato más, me gusta percibir como el anochecer cae sobre la ciudad. Veo al pasar las luces del Teatro Rafael de Aguiar y su mítico bar. Es agradable estar aquí. El viento sopla furioso y poderoso, el frío recrudece, es mejor seguir en movimiento.


Y así, pateando las calles, mirando aquí y allá, son las 19 y me compro el diario local. Decido buscar otro bar para tomarme un cafecito. Me meto en una galería para recalar en el Hoty's Resto Bar, una especie de salón comedor y pizzería bien puesto. Pasando el rato, leyendo y viendo el ir y venir de la gente, ya no me dan ganas de volver a encarar el frío, más teniendo en cuenta que falta un rato para el motivo principal de mi visita, que es asistir a un recital. Un buen rato después, le pido al mozo una lata de cerveza de medio litro y media pizza de muzzarella. Buena pizza por cierto, salsa sabrosa, todos los ingredientes en su justa medida.
Un rato antes de las 22, decido volver a patear la calle, ya enfilando hacia el sur de la ciudad, donde se realizará el concierto. Calles tenuemente iluminadas, con identidad y, seguramente, con mil historias en cada esquina. Caminarlas me genera una sensación de atemporalidad, ya que supongo que hace 30 años o más, estaban exactamente igual a como se ven ahora. Hay magia en cada cuadra. Mientras camino, un perro marrón me acompaña casi todo el recorrido. Me mira curioso, pero a la vez pareciera que me estuviera dando la bienvenida y me hiciera un guiño como diciendo "dale que vas bien".
Finalmente llego a destino, al Mala Idea Kultura Bar, un local de esos donde ya te das cuenta que, por más que sea nuevo, el rock le brota de las paredes. Allí en instantes brillarán con su música SGN, Sangre Argenta y El Vasco. Pero esa será otra historia.

Seguiré ahondando en historias y personajes de esta bella ciudad en próximos entregas. Merecen ser descubiertos.

jueves, 20 de julio de 2017

Detrás del Vidrio




Las horas se suceden una tras otra, 
y yo aquí, detrás del vidrio 
camino y me doy vueltas, 
me río y creo ser feliz. 
Pero no me doy cuenta 
porque sólo pienso 
que estoy hoy solo. 
Ya no llueve, las gotas que resbalan sobre el vidrio 
se detienen para verme y contarme 
que afuera es septiembre, 
y a pasto mojado se huele, 
y que los colores están todos 
y en cada una de las cosas. 
Pero no me doy cuenta 
porque sólo pienso 
que estoy hoy solo 
detrás del vidrio, detrás, oh, oh. 
Dos inviernos más ya han pasado 
y el vidrio aún está empañado. 
Quiero ver qué hay detrás, 
es preciso intentar, y entrar, y penetrar 
en la realidad, estar en el umbral 
no es estar en vida, no, no. 
¿Qué es lo que espero para empezar 
a vivir el tiempo que el destino da? 
ya no puedo esperar, 
y es este el lugar, y es ya, es fugaz, 
tengo que atraparlo, yo no puedo esperar 
al silencio largo, no, no. 
Comprender, es muy difícil aceptarlo, 
que solamente una vez, una vez 
he de pasar por aquí sin volver. 
Es el ruido a lluvia que me hace temblar, 
y ahora me doy cuenta que es la libertad 
lo que busco en realidad, 
para hacer y deshacer, y dar y conquistar 
lo que yo más pueda, y amar y procrear 
cuando yo lo quiera, y más, más. 
Dos inviernos largos ya han pasado 
y el vidrio aún está empañado. 
¿Qué es lo que espero para empezar? 
ya no puedo esperar más, quiero ver que hay detrás.