jueves, 17 de agosto de 2017

"La Cordillera": un viaje hacia los recovecos del poder


Esto está bueno. En serio, esto está bueno realmente. La entrada al mainstream del director Santiago Mitre no podía ser más auspiciosa. Podría decirse que ingresa "por la puerta grande"; "La Cordillera" es su tercer largometraje, tras haber dirigido "El Estudiante" (2011) y "La Patota" (2015).
"La Cordillera" es mucho más que un filme ambicioso, plurinacional y destinado a ser taquillero. Es una película que se permite explorar mucho más allá de lo que uno podía preveer en principio.
Para entender mejor, es necesario desandar un poco la trama. Hernán Blanco (Ricardo Darín) es un presidente que asumió su mandato recientemente. El "tipo común" que llegó al cargo máximo, resulta ser un desconocido en el ámbito internacional y esa es una de las preocupaciones de él y de su "mesa chica" de cara a una cumbre de presidentes a realizarse en Chile, el primer evento importante para el flamante presidente argentino en el plano exterior. Y esa "mesa chica" tiene un papel preponderante durante el transcurso de la historia, encarnada en las figuras del jefe de gabinete Mariano Castex (Gerardo Romano) y especialmente en la asistente presidencial Luisa Cordero (Erica Rivas).
Pero, a la par de la preocupación que tiene Hernán Blanco por salir bien parado de esta cumbre, un conflicto suscitado en su seno familiar amenaza con hacerlo tambalear. Blanco pide que traigan urgentemente a su hija Marina al hotel donde se lleva a cabo la cumbre de presidentes y a partir de ese momento, se produce un giro en la película y se empieza a revelar, en parte, quien es realmente Hernán Blanco, sus ambiciones y sus demonios.




La cinta de por sí tiene varios puntos fuertes y aristas interesantes que aborda sin pudor, con un pulso magistral sostenido en la narración que hace Santiago Mitre de esta historia, de la cual también escribió el guión, en colaboración con Mariano Llinás. Entre esos puntos y abordajes podemos resaltar:
- La soledad en la cima: el filme muestra a un líder político de la misma manera en cómo nos han retratado varias veces tanto a grandes artistas, deportistas de élite o ídolos populares en general. Solo, lejos de la gente, en un mundo cotidiano que poco tiene que ver con el de un "tipo común". Detrás de la fachada, de la imagen construida, está el hombre, con sus fortalezas y sus debilidades. Se mueve en un mundo donde el ojo común no llega, un mundo pequeño, donde el ser y el parecer se confunden.
- "El mal existe": la frase es uno de los eslóganes de la película y su presencia sobrevuela todo el relato, sutilmente, sin necesidad de que se materialice explícitamente. Pero el espectador sabe que está; al igual que los protagonistas, que parecen tenerlo muy claro. Es quizá una de las pocas certezas que deja el filme, que tiene la encomiable facultad de dejar pensando al espectador en lugar de ofrecer una historia nítida y cristalina servida en bandeja, ya procesada y cocinada.
- Musicalización: enorme trabajo el del compositor español Alberto Iglesias, ya que aporta dramatismo, suspenso y tensión en las escenas que piden esta reafirmación. Resulta destacable el uso de la música incidental y algunos sombríos pasajes de piano. Sin duda, una pieza fundamental.
- El poder en las sombras: lobby, reuniones improvisadas, traiciones disimuladas, encuentros discretos y secretos, allí donde se toman las decisiones que marcan el rumbo de los acontecimientos, donde el poder se construye y la nada aparente deja de serlo. Nadie es ingenuo, todos saben algo, todos mueven sus piezas.
- Credibilidad y verosimilitud: toda la ambientación y las locaciones están perfectamente cuidadas y elegidas, desde los exteriores filmados en el complejo Valle Nevado (Chile) como los interiores filmados en distintos hoteles como el Llao Llao (Bariloche) y en estudios, así como también en la Casa Rosada y en el propio Tango 01. Todo lo que uno ve es como se supone que debería ser el movimiento en las altas esferas de la política: asesores, agentes de seguridad, autos de alta gama, lujos, etc. No hay detalle librado al azar en este aspecto.
- El pasado se abre paso, amenazante: como todo el mundo, Hernán Blanco también tiene un pasado. Un pasado del que poco se sabe. Un pasado, aparentemente, bien guardado. Pero aquí es donde interviene, de manera poco usual, su hija Marina, quién tras sufrir una severa crisis emocional, comienza a revelarle al presidente algunos confusos episodios que podrían tener que ver con un pasado que se encargó de dejar bien atrás.
- Actuaciones sólidas, cada una en su proporción: el filme es un desfile de luminarias actorales, ya con echarle un ojo al elenco uno se da cuenta de que, si el producto está bien cuidado, la cosa debería funcionar muy bien. Además del citado y probado papel de Ricardo Darín como el presidente Hernán Blanco, asistimos a una reafirmación de las dotes actorales de un viejo lobo del cine nacional como Gerardo Romano, quién por momentos se roba la película, al igual que Erica Rivas, quizá la persona más cercana al presidente, quién lo aconseja y lo contiene. Dolores Fonzi, encarna muy bien su papel de perturbada "hija del poder", un lugar al que no pertenece. Y hablando del poder, podemos decir que sobresalen el popular y avasallante presidente brasileño, apuntado como "el emperador" e interpretado por el actor Leonardo Franco; Daniel Sastre, el verborrágico presidente mexicano, otro de los personajes clave de la cinta, es encarnado por Daniél Giménez Cacho; con menor tiempo en pantalla pero cumpliendo perfectamente los roles asignados están la actiz trasandina Paulina García como Paula Scherson (presidenta de Chile) y la española Elena Anaya como la periodista Claudia Klein. Por su parte, son importantísimas para el devenir del filme las apariciones en pantalla del chileno Alfredo Castro como el psiquiatra hipnotizador Desiderio García y del estadounidense Christian Slater como Dereck Mc Kinley, el enviado de la Casa Blanca a negociar con el presidente argentino (el diálogo en inglés de Slater con Darín constituye un momento antológico).




Sin más, me atrevo a decir que "La Cordillera" dejará mucha tela para cortar en los próximos meses. Así como fue aclamada en su estreno en Cannes, lo tiene todo para continuar con un derrotero exitoso tanto por salas nacionales como internacionales. Incluso, tiene destino de filme de culto, ya que hay muchos elementos en esta película que invitan a verla más de una vez, que alientan al debate y análisis. Es que, en estos tiempos donde uno se acostumbra a producciones descartables, cuya presencia en nuestra retina y nuestra psique se disipa ni bien uno se levanta de la butaca, "La Cordillera" toma el camino opuesto: nos deja atrapados y con el correr de los días, crece en nuestro interior, se expanden sus posibilidades. "La Cordillera" no subestima al espectador, sino que lo interpela con respeto, clase y talento. Y, por lo menos a mí, me gusta que me respeten cuando voy al cine, que me seduzcan, que me hagan dar ganas de volver. Sí, definitivamente es algo que está bueno.